Crítica de El rehén: Thriller político y reflejo de una tierra hostil

Tras casi una década en la pantalla chica; interpretando al Mad Man más famoso de todos los tiempos; Jon Hamm ha decidido enfocarse en su carrera en el cine. Y la jugada le ha salido variada. Se ha paseado por el cine animado; dando vida al villano inútil de Gru: Mi Villano Favorito. Ha incursionado en la acción con Baby Driver. Se paseó por el drama con Nostalgia; y ahora le veremos en el cine de Thriller político con El Rehén (Beirut, 2018. Dir. Brad Anderson). Una cinta que toma lo mejor del cine dramático y del cine de acción para producir un trabajo destacable.

El Rehén: Una historia en tierra hostil

El año es 1982 (con un prólogo establecido 10 años antes); cuando Beirut es un símbolo, al igual que Siria en la actualidad, de la locura del Medio Oriente. Es una ciudad en ruinas. Mason Skiles (Jon Hamm) es nuestro héroe, un ex diplomático venido a menos. Tras un trágico suceso la vida de Mason pasó de ser perfecta a ser un bucle depresivo. Después de amenizar fiestas y cócteles en la embajada americana; su vida se ve sumergida en dolor, incluso renuncia a su carrera política. Pero un día un agente es tomado como rehén y los captores piden específicamente que Mason maneje las negociaciones . Mientras tanto, Israel acecha, buscando cualquier excusa para invadir, y Beirut es una maraña de milicias beligerantes que destrozan la ciudad.

La película expone política de alto nivel; su narrativa resulta muy dinámica, algo que sorprende en este tipo de historias. Tal vez sea gracias a que cuenta con Tony Gilroy como guionista; un señor que ha estado detrás de las primeras tres películas de Bourne. Por lo que sabe como eregir historias entretenidas, con transfondos políticas, enfocadas en agentes divergentes.

El caos en la belleza

Aunque Beirut ha estado inmersa en el caos desde hace décadas; El Rehén retrata ese agobio político de una forma hermosa. Es decir, el diseño de producción se rehúsa a retratar una Beirut destrozada (semejante a Siria); y prefiere recurrir al caos en diminutas calles en laberintos, con hermosas obras arquitectónicas, que recuerdan más a la estética de Casablanca.

Las calles están inundadas de un ambiente local bastante cliché: pipas de agua, limpiabotas, mujeres con burkas. Un hotel tiene un letrero que le pide a los huéspedes que permanezcan en sus habitaciones en caso de un tiroteo; un calvo gordo sentado en un bar jugando al póquer con una baraja de naipes nudie; etc.

Aún así, el estilo romántico ha sido relegado con un feroz trasfondo político. La relación especial de Estados Unidos con Israel se presenta claramente, y no demasiado halagüeña. A la historia no le tiembla el pulso para dejar claro que algunos funcionarios estadounidenses estaban habilitando activamente los planes de Israel para invadir.

El Rehén + un dúo magnético

Todo el peso de la historia, frente a la cámara, recaen en dos actores más que solventes. Rosamund Pike, es la agente de la CIA, asignada a trabajar con Masón; aunque a Pike la hemos visto en trabajos mejores (Pérdida, Orgullo y prejuicio), entiende muy bien la sobriedad de su personaje. Sin embargo, quien demuestra todo su potencial es un Jon Hamm enormemente comprometido con su Mason, un personaje, dotado por el actor de mucha carga emocional.

El Rehén es una película bastante solvente, inmersa en el género del thriller político y con buenas secuencias de suspenso; capaz de brindar cine social y de entretenimiento a la vez. Si este es tu tipo de películas, no te va a decepcionar y puedes ir a verla en cines a partir de hoy.

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