Crítica Mindhunter – Sin Spoilers – Razonando la locura

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Netflix no suelta el acelerador. Fue en marzo de 2011 cuando esta empresa de entretenimiento comenzó la aventura de producir su propio contenido con House of Cards, y actualmente la lista de material propio (entre series y películas) sobrepasa de largo el centenar. Y va en aumento. Pero eso no significa que todo haya sido un éxito. Recientemente hemos visto fracasos como The Get Down. Por lo que no es nada descabellado pensar que Netflix haya querido volver a la fórmula inicial de House of Cards, que tan buen resultado le ha dado. Y que mejor manera que contratando al mismo director y productor ejecutivo: David Fincher.  En esta ocasión, el director conocido películas como Se7en o Zodiac, nos trae un thriller psicológico en forma de serie. Mindhunter. ¿Listo para sumergirte en la locura de Mindhunter?

¿Hay alguien cuerdo en la sala?

Nos transportamos a finales de la década de los 70 en Mindhunter. Los casos de criminales trastornados traen de cabeza al FBI. A los ojos del joven agente Holden Ford, la manera de abordarlos que tiene la agencia es demasiado tradicional y anticuada. Es por ello que tratará de encontrar otros métodos, de adentrarse en la mente de los criminales y entender qué los motiva. Se le unirá en la tarea un agente con más experiencia, Bill Tench, que desconfía del estilo de Holden.

Para esta serie se ha apostado por actores poco vistos. El actor principal que encarna a Holden Ford es un desconocido Jonathan Groff, que parece haber cosechado más éxitos musicales que como actor. El agente Bill Tench es interpretado por Holt McCallany, este ya más curtido en el mundo del cine, y que hemos visto en El club de la lucha, Sully o Gangster Squad. De la actuación de McCallany no hay nada que objetar. Se mete en el papel, es creíble, le pega… pero Groff… su falta de experiencia se hace patente en algunos momentos. Si encima le sumamos el papel que interpreta cada uno, aún se hace más evidente la diferencia entre ambos. Completan el equipo Anna Torv (Fringe) y Hannah Gross.

Tratando de ambientarnos en los años 70, la fotografía la han pasado por un filtro de colores  que potencia el verde y marrón, que ya parece una seña de identidad de finales del siglo pasado. Las tomas son lentas, sin el movimiento nervioso de las series actuales, ni los zoom in – zoom out, desenfoques, etc. Aquí todo transcurre con suavidad. Hasta las conversaciones caminando son pausadas, a fuego lento, a diferencia de las frenéticas carreras de series como CSI o Sucesor designado. Hay tomas pensadas para deleitarse en los detalles. Y es que tanto los coches, accesorios, peinados, vestuario, están muy conseguidos y nos meten de cabeza en los 70. Yo al final del capítulo me he visto buscando en Amazon pantalones campana… por curiosidad (y cuando me lleguen el lunes y me los ponga para ir trabajar también será por curiosidad).

El peso de la serie lo llevan los diálogos, así que la banda sonora queda relegada a un segundo plano. Aparece cuando se le necesita para dar cierta armonía al conjunto, e intensificar el halo de intriga. Aun así, cuando la ocasión y el argumento son los propicios, David Fincher no pierde la oportunidad de encajar algunas canciones de la época como Fly Like an Eagle, Crying o A Fith of Beethoven de Walter Murphy. Con ellas no sólo rompe con la “monotonía”, si no que a los que ya peinamos canas nos arrancará alguna sonrisa.

Perder el norte

Es acertado haber ubicado en 1979 la serie y no en la época actual. Hubiera perdido parte del atractivo. Posiblemente se habría abusado de la tecnología, preguntándole al papa Big Data que todo lo sabe, pidiendo un informe en el smartphone, bloqueando desde el smartwatch los robocordones del psicópata de turno para que se la pegue… (bueno, en lo de los robocordones se me ha ido un poco la mano). Sin embargo, a finales de los 70 las cosas eran más rudimentarias. Las herramientas eran uno mismo y sus conocimientos. Poco más. Y aquí es donde la serie tiene su gran atractivo. Los diálogos, las conversaciones, los razonamientos. No es una serie policíaca de acción y de persecuciones. Es una serie para degustar lentamente.

Pero puede que ahí esté su punto débil. Si de algo adolece la serie es de ensimismarse, de regodearse en sí misma, dando la sensación de ir a rumbo perdido en algún momento o de que la trama no avanza.

Intentando recobrar el juicio en Mindhunter

David Fincher es bueno y tiene experiencia, pero no es el rey midas del cine. También se equivoca (nunca te perdonaré lo que le hiciste a Alien 3). Y me gustaría hacerle una pregunta, desde la ignorancia y el respeto. David, ¿Crees que las escenas y el lenguaje explícito es sinónimo de calidad? He visto, en una visión pareja, a chavales de 10 años competir por quién es el que dice el insulto más “fuerte”. Al figura de David le gusta escandalizar y jugar con los límites. Va a gustos, claro.

Los actores no son malos, pero si lo que pretendía Netflix con Mindhunter es sacar un producto parecido a House of Cards, nos falta algún peso pesado como Kevin Spacey o Robin Wright. Si en vez de Jonathan Groff tuviéramos a un Hardy o un Cumberbatch, estaríamos hablando de otra serie muy distinta.

De todas maneras Netflix parece haber vuelto a sus orígenes con Mindhunter, buscando agradar al público con un serie de calidad de manos de un experto como David Fincher. Y ha dado en la tecla.

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